¿Qué determina el valor de una obra de arte?

Dos pequeños guerreros

Podríamos jurar que los palitos de colores que mi primo y yo encontramos en el basurero del vecino cuando éramos niños no eran en realidad basura, eran espadas de verdad.

Ambos estábamos sorprendidos por la negligencia de nuestros vecinos.

"¿Cómo pudieron haber tirado a la basura estas espadas tan poderosas?"

Nos preguntábamos mi primo y yo mientras nos poníamos los palitos en los pantalones y en la espalda, y nos escabullíamos de regreso a casa.

En ese momento supimos que nos habíamos convertido oficialmente en guerreros.

Inmediatamente comenzó nuestro entrenamiento en el patio trasero de la casa de mi mamá.

Pasamos juntos los próximos días saltando, corriendo, girando y peleando con nuestros palitos de colores... disculpa, quise decir, nuestras espadas.

Finalmente, estábamos listos para ir a la guerra.

No puedo dejar de sonreír cada vez que recuerdo ese momento, el cual pasó a convertirse en uno de mis recuerdos más querido de la niñez.

¿Cómo podían ser tan valiosos para nosotros unos simples palitos encontrados en el basurero (por supuesto, sin contar el alto nivel de imaginación del que eran capaces dos niños aburridos)?

Para mi mamá, que nos gritaba desde el balcón para subir a la casa y comer, éramos solo dos niños jugando con palitos de colores que solo Dios sabía de dónde los sacamos.

Para mis vecinos, los palitos habían cumplido su propósito y ahora eran solo basura.

Para mi primo y para mí, el futuro de la humanidad dependía de que aprendiéramos a dominar todo el poder de nuestras espadas.

Creo que con las obras de arte pasa algo similar en cuanto a su valor percibido.

Para algunos, una determinada obra de arte vale lo mismo que nada, mientras que la misma obra de arte puede ser muy valiosa para otra persona, como esos palitos que encontramos mi primo y yo: para nosotros valiosos, para otros, basura.

¿Qué determina el valor de una obra de arte?

A diferencia del valor de otros objetos más utilitarios, como por ejemplo, un papel de baño o un teléfono, el valor de una obra de arte es más subjetivo de lo que nos sentimos cómodos admitiendo.

La primera audiencia

Si no lo presionan fuerzas externas, un artista creará arte para sí mismo y para su propio placer. Esa es la cruda realidad.

En tal situación, la única fuerza apremiante es interna y, hasta cierto punto, egoísta, aunque necesaria.

En un artículo anterior ( “¿ Cuál es el propósito de los artistas?” ), escribí sobre la capacidad de un artista para navegar por su propio paisaje emocional y reflejarlo exteriormente en un objeto estético digno de contemplación.

Debido a su alta sensibilidad, la sintonía de un artista con sus propias emociones lo empuja a crear una obra de arte que sirve como depósito de su energía emocional que de otro modo sería difícil de expresar externamente y se acumularía, creando una disrupción interna.

Más que un mero capricho, el crear arte es una necesidad para el artista.

Y en la satisfacción de tal necesidad, el artista encuentra valor en su obra de arte.

Independientemente de que nadie más piense lo mismo. Independientemente de si otros ni siquiera sepan que su obra de arte existe o piensen que simplemente no es tan buena.

En estas circunstancias, la función fundamental de la obra de arte es complacer al propio artista, y a nadie más: la primera audiencia, una “audiencia de uno” , como dirían Srinivas Rao y Robin Dellabough en su libro: “Una audiencia de uno: Reclamando creatividad por sí misma”.

La segunda audiencia

Una vez que el propio artista haya satisfecho la audiencia de uno para una obra de arte, es casi seguro que, con el tiempo, esta audiencia de uno comenzará a crecer.

El crecimiento de esta audiencia ampliada se convertirá en lo que de manera resumida se podría llamar: el mercado del arte (aunque el mercado del arte real es más complicado que eso).

Por propósitos de simplicidad, decidí llamar “público” básicamente a cualquier persona que esté, o pueda, estar interesada en la obra de arte además del propio artista, lo que incluye tanto a los profesionales del arte como a los no profesionales.

La aceptación del público, o lo que el mercado del arte llamaría el “consenso colectivo” con respecto al valor de una obra de arte en particular, podría experimentar otra capa de valor sobre la obra de arte más allá del valor que experimentó el propio artista.

Del público, dos particularidades se destacan:

En primer lugar, el propio artista se convierte en un tema de estudio y admiración por parte del público, realzando el valor social percibido del artista a través de su popularidad o relevancia, lo que naturalmente se filtrará al arte que realice el artista.

En segundo lugar, comienza a producirse una demanda de la obra de arte en mayor o menor grado.

Si el público ha aceptado que el valor de la obra de arte vale la pena, o si ellos mismos pueden proporcionar otra capa de valor más allá del que el propio artista asignó a la obra de arte y que satisfaga sus propios deseos internos, estos querrán poseerla.

Entonces surge la pregunta: ¿cómo se refleja o materializa este valor percibido de una obra de arte por ambas audiencias?

El apretón de manos

En nuestras comunidades, una forma común y más tangible de mostrar el valor de algo es mediante una moneda.

Sin embargo, no toda moneda es dinero tal cual. 

Se podría pensar en moneda como cualquier cosa, desde atención, tiempo, conveniencia, entretenimiento, aplausos, placer, un favor… Cualquier cosa que muestre algún tipo de acuerdo formal o informal entre dos o más partes sobre un determinado intercambio.

Básicamente, una situación de “yo-te-doy-esto-y-tú-me-das-aquello-otro”. Piensa en un apretón de manos abstracto respecto a una negociación. 

No hace falta decir que estos diferentes tipos de moneda tienen sus propias reglas y dinámicas que deberían respetarse.

Por ejemplo, una obra de arte con una audiencia de una sola persona, es decir, la del propio artista, claramente no podría obtener ninguna moneda de dinero proveniente de su propia obra, mientras el segundo tipo de audiencia, el público, no esté disponible.

Para que se produzca un cambio de moneda de dinero, debe haber otra parte dispuesta y capaz de proporcionar dicha moneda de dinero a cambio de la obra de arte del artista.

No tendría sentido que el artista se pagara a sí mismo con dinero.

En cambio, el artista podría obtener, digamos, la moneda de placer resultante del proceso de creación artística. Eso le complacerá mucho al artista.

Por otro lado, si al ejemplo anterior le añadimos el segundo tipo de audiencia, el público, entonces el artista podría, en teoría, obtener a cambio de su obra artística moneda de dinero además de moneda de placer, suponiendo que del público haya una demanda real de su obra de arte y estén dispuestos a competir entre ellos mismos, normalmente, mediante moneda de dinero.

A cambio, al adquirir la obra de arte, el público podrá obtener una moneda de prestigio al poseer una obra de arte única, una moneda de entretenimiento o una moneda emocional, por nombrar algunos.

Conclusión

Respondiendo a la pregunta planteada inicialmente: ¿qué determina el valor de una obra de arte?

Creo que una obra de arte recibirá su valor percibido de fuerzas externas y conservará "algún" valor siempre que al menos uno de estas dos clases de audiencias continúe, o pueda estar, interesado en ella.

Como mencioné, tenemos dos audiencias para cualquier obra de arte: el artista, y el público.

Si ninguna de estas dos audiencias permanece interesada en la obra de arte, ciertamente dicha obra perdería todo su valor, ya que cualquier significado que haya podido tener desaparecerá; además, no habría demanda alguna por ella.

Sin embargo, no considero que el valor de una obra de arte dependa de la existencia de estas dos audiencias al mismo tiempo, todo el tiempo.

Con una de estas dos audiencias disponible e interesada en un determinado tiempo, una obra de arte seguramente adquirirá "algún" valor, que podría o no fluctuar y transformarse con el pasar del tiempo. 

Ultimas palabras:

Estoy seguro de que no le pondría un valor monetario al recuerdo de mi primo y yo jugando a ser guerreros con los palitos de colores que encontrámos en el basurero de nuestro vecino cuando éramos niños.

Suponiendo que pudiera hacerse, no me deshacería de ese recuerdo independientemente de cualquier posible demanda por parte del público. Es mío y su valor emocional no tiene precio.

Creo que esa postura ocurre con las obras de arte. No todo su valor debería medirse únicamente mediante la moneda, un precio, y hacerlo es ciertamente una abominación repudiable sobre la condición humana.

 

Author: Jason Berberena

Artista Visual y co-fundador de Kreation Artzone

Regresar al blog

Deja un comentario

Ten en cuenta que los comentarios deben aprobarse antes de que se publiquen.